En una era dominada por las redes sociales, los correos electrónicos y la mensajería instantánea, el inconfundible clic de una máquina de escribir parecía condenado al olvido. Sin embargo, en Toronto, estos artefactos mecánicos no solo siguen vivos, sino que se han convertido en piezas de deseo para coleccionistas, escritores y nuevas generaciones.
Chris Edmondson, fundador de Toronto Typewriters, inició su negocio hace una década sin imaginar el auge que tendría. “Cuando empezamos, nos entusiasmaba vender quizás una máquina cada dos semanas. Ahora, en una semana, probablemente vendemos entre cinco y diez”, relató en entrevista con CTV News. Su taller está repleto de modelos que alguna vez fueron desechados y que hoy alcanzan precios que van desde unos cientos hasta varios miles de dólares. Además de reparar y restaurar equipos, Edmondson imprime en 3D carretes de cinta para clientes de todo el mundo y alquila máquinas a producciones cinematográficas, como la que replicó la utilizada en El Resplandor.
Tecnología analógica y cultura pop impulsan el regreso
El atractivo, asegura Edmondson, radica en la simplicidad: “No hay distracciones, como con una computadora. Solo estás tú y la máquina, y tus ideas se plasman en el papel”. A ello se suma la fascinación por el sonido característico: el clic-clac de las teclas y la campana final.
La cultura pop también ha jugado un papel clave. Taylor Swift utilizó una antigua Royal 10 en el video de su canción Fortnight, lo que generó un repunte en la demanda entre los jóvenes. “Cuando Taylor Swift tiene una máquina de escribir, quieren tener una máquina de escribir”, señaló Edmondson, quien ha visto un creciente interés incluso entre padres que adquieren equipos para niños pequeños como alternativa al uso de tabletas.
El fenómeno se enmarca en una tendencia más amplia de retorno a lo analógico, visible también en el renacimiento de los vinilos, las cintas de casete y las cámaras de película. El actor Tom Hanks, célebre coleccionista con cientos de máquinas, ha sido otro de los embajadores involuntarios de esta moda.
En Toronto, el coleccionista Martin Howard exhibe la colección privada más grande de Canadá, con 75 piezas que abarcan modelos de finales del siglo XIX. Entre ellas figura una Remington Perfected 4 de 1879 y una Caligraph 2 de 1886, la primera que adquirió a los 29 años. “En las décadas de 1880 y 1890 había todo tipo de estilos, lo que ofrece una increíble variedad de objetos mecánicos brillantes”, explicó.
Howard, que comenzó a notar un mayor interés en estas máquinas hacia 2012, asegura que la pandemia aceleró la demanda, en particular de modelos portátiles, cuando la gente buscaba nuevas actividades para realizar en casa. Sobre la influencia de Swift, concluye: “Lo hace moderno, eso es lo que logra. Realmente moderno”.
Redacción de: Karen Rodríguez A.





