El alcohol es sólo el síntoma: la guerra de aranceles sigue encareciendo la vida en Canadá

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El primer ministro Mark Carney lo dijo esta semana sin rodeos: el veto al alcohol estadounidense podría levantarse rápidamente, pero solo si Washington retira los aranceles del cincuenta por ciento al acero y al aluminio canadiense, el veinticinco por ciento sobre los automóviles, y las tarifas que siguen afectando al sector forestal. El alcohol es el símbolo visible de una disputa que lleva meses encareciendo la vida cotidiana de las familias canadienses.

Un arma de negociación en cada estante

La prohibición de vender productos alcohólicos estadounidenses en tiendas provinciales fue adoptada como represalia coordinada por la mayoría de las provincias. La excepción son Alberta y Saskatchewan, cuyos gobiernos ya comenzaron a restablecer algunos productos en sus anaqueles, en una muestra de la división interna que también atraviesa Canadá en su respuesta a Washington.

La reacción de Washington no se hizo esperar. El representante comercial de Estados Unidos advirtió ante el Congreso que podría tomarse una «acción de cumplimiento» si el alcohol americano no regresa a las estanterías canadienses. Carney respondió que los aranceles estadounidenses «son más que irritantes», y señaló que los daños impuestos por la administración Trump afectan industrias estratégicas, empleos reales y la cadena de suministro que ha conectado a ambas economías durante décadas.

Lo que está subiendo más allá del licor

Los efectos de la guerra arancelaria llevan meses traduciéndose en precios más altos para los consumidores canadienses. Según proyecciones del sector financiero, los precios de los alimentos en Canadá podrían subir entre cuatro y seis por ciento durante este año, con la carne de res escalando hasta un siete por ciento. Una familia de cuatro personas podría gastar cerca de mil dólares más en comida en este año que en el anterior.

A eso se suman los aranceles sobre la madera, el acero y el aluminio canadienses, materiales esenciales en la construcción y la manufactura. Cuando esos costos suben para los productores, eventualmente se trasladan al precio final de las viviendas, los vehículos y los materiales de construcción. El Banco de Canadá ha advertido que la guerra comercial podría traducirse en un aumento adicional de entre medio y un punto porcentual en la inflación general del país.

Dicho de otra manera: la factura de la guerra arancelaria no llega en una sola boleta. Llega repartida en cada visita al supermercado, en cada cotización de remodelación, en cada renovación de arrendamiento.

Cada incremento de precios golpea muchos hogares hispanos

Para las familias latinoamericanas en Canadá, la guerra arancelaria no es un titular de negocios: es una presión concreta sobre el presupuesto mensual. Muchos trabajadores hispanos se desempeñan en sectores directamente expuestos a esta disputa. Construcción, manufactura, transporte y procesamiento de alimentos, donde la incertidumbre sobre contratos y el encarecimiento de materiales ya generan inquietud.

A diferencia de quienes tienen mayor margen financiero para absorber aumentos graduales, los hogares de ingresos medios y bajos sienten cada dólar adicional en el supermercado o en la renta. La pregunta relevante no es si el bourbon volverá al anaquel, sino cuándo terminará una disputa cuyas consecuencias reales se acumulan en silencio, semana a semana, en la cuenta bancaria de quienes trabajan para llegar a fin de mes.

Redacción de: Mauricio Navas Talero LJI Reporter

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