“Si no me iba a los 30 días, tenía boleta de deportación”: la historia de un colombiano que cruzó a Canadá por una biblioteca dividida entre dos países

En enero de 2009, sin celular con GPS, sin plan y con apenas 140 dólares en el bolsillo, el colombiano Diego Botero cruzó a pie hacia Canadá por una biblioteca que queda mitad en Estados Unidos y mitad en la provincia de Quebec. Empresario y músico hoy radicado en Orlando, Botero contó su historia completa a The Spanish Media: cómo huyó de un episodio de violencia en el Valle del Cauca, cómo construyó una vida y un negocio propio en Ontario, y cómo, años después, tuvo que volver a Colombia con una carta de deportación de por medio.
¿Por qué salió de Colombia?
Botero salió de Cali sin planear a dónde iba, pero decidido a no volver, después de un episodio de inseguridad cerca de Juanchito, en el Valle del Cauca, en una zona que él describe bajo control paramilitar en ese momento. “Sucedió un problema y eso desató primero pánico en mí, zozobra, desasosiego, junto con otros temas personales que venían ocurriendo en mi vida”, contó. Con su visa de turista todavía vigente, llegó a Nueva York a quedarse en casa de un amigo, con entre 400 y 500 dólares y seis meses de estadía legal por delante.
¿Por qué no se quedó en Estados Unidos?
En Nueva York le explicaron que quedarse legalmente no iba a ser fácil, ni rápido, ni barato. Una de las opciones que le plantearon fue casarse para arreglar papeles. La descartó de entrada. “No estoy dispuesto a eso, o nunca estuve ni estaré ni estoy dispuesto a eso”, dijo. “Yo no podría sostener esa mentira ante nadie.” Fue entonces cuando el amigo de un amigo, que ya vivía como refugiado en Canadá, le sugirió investigar si el episodio de violencia que había vivido en Cali podía calificar como motivo de asilo en ese país.
¿Cómo descubrió que se podía cruzar por una biblioteca?
Sin teléfono inteligente ni GPS, Botero pasó varios días buscando en un computador prestado cómo llegar a la frontera con Canadá. Así encontró Rock Island, en Quebec, y Derby Line, en Vermont, dos pueblos separados por la línea divisoria que atraviesa, literalmente, la Haskell Free Library and Opera House: una biblioteca con una mitad en cada país. “Me parece tan fácil como entrar, llegar hasta allá, entrar a la librería y salgo por la otra puerta y llego a Canadá”, pensó.
Esa misma puerta, la que usó Botero en 2009, ya no está disponible de esa forma: desde marzo de 2025, Estados Unidos restringió el acceso canadiense a la biblioteca alegando motivos de seguridad, después de años de episodios como el que él protagonizó.
¿Cómo fue el cruce?
Botero llegó a Vermont en avión con apenas 140 o 160 dólares, hizo autostop hacia el norte y caminó buena parte del trayecto final con un abrigo liviano en pleno invierno canadiense. En el camino se cruzó con una patrulla fronteriza que no lo detuvo. “Yo no tengo nada que esconder”, pensó entonces, con un plan claro si lo paraban: pedir refugio. Llegó a la biblioteca alrededor de las tres de la tarde, cruzó la puerta interior que marca la frontera y, del otro lado, ya estaba en Canadá.
¿Qué encontró del otro lado?
Después de dormir varias noches como indigente y hacer autostop durante cerca de dos semanas, Botero llegó a una oficina de migración en Kitchener, Ontario. Le tomaron las huellas, le hicieron preguntas detalladas sobre cómo había cruzado y por qué, y le entregaron un permiso temporal de trabajo y residencia mientras se resolvía su caso. El gobierno también lo conectó con asistencia social a través de Ontario Works, un pago único de arranque, un banco de alimentos, transporte público gratuito y clases de inglés gratuitas. “Yo no lo podía creer. Pues yo soy colombiano y es como, en serio, ¿yo no soy ni de acá y me protegen?”, contó.
¿Cómo construyó su vida en Canadá?
A los pocos días de llegar a Kitchener, Botero empezó a trabajar con un nicaragüense que hacía limpieza comercial (bancos, hospitales, supermercados) y aprendió el oficio a fondo. Meses después se mudó a Mississauga, cerca de Toronto, y con la ayuda de ese mismo mentor consiguió su primer contrato propio. De ahí construyó su propia empresa de limpieza comercial, subcontratando personal y trabajando, según cuenta, de domingo a domingo, desde las seis de la mañana hasta las once de la noche. “Vivía para trabajar”, dijo. “Me sentía sirviendo.”
¿Por qué tuvo que irse?
Años después, un juez de migración lo recibió en la audiencia de su caso con un comentario que a Botero le heló la sangre: le dijo que acababa de reunirse con el entonces presidente de Colombia, Álvaro Uribe Vélez, quien le había dado a entender que “Colombia y Suiza eran básicamente lo mismo” en materia de seguridad. Botero relató los hechos que había vivido en Cali, pero el caso fue negado unos días después. “Me puse a llorar, honestamente”, contó. La ley canadiense le daba 30 días para salir de forma voluntaria. “Si no me iba a los 30 días, tenía boleta de deportación”, explicó. No esperó ni la mitad de ese plazo: viajó de regreso a Colombia seis días después de recibir la carta, sin sus documentos, que le entregaron recién al aterrizar en Bogotá.
Doce años después, en Orlando
Botero vive hoy en Orlando, Florida, desde hace unos doce años. De Canadá guarda una gratitud que no disimula. “A mí Canadá me ofreció muchas cosas bonitas”, dijo, y recordó en particular ver, en un mismo bus de Toronto, a personas de países que en su lugar de origen “se matan” conviviendo sin conflicto. “Es como qué lindo, el mundo debería ser así.”
Hoy, además de su vida como empresario y músico, Botero es uno de los organizadores del Kenke Fest, un festival gratuito de música migrante que se realizará el 10 de octubre en el anfiteatro Lake Hola de Walt Disney World, en Orlando, y que este año destinará parte de lo recaudado a apoyar a las víctimas del terremoto de agosto en Colombia. Más información, según indicó, está disponible en kenkefest.com y en la cuenta @kenkeoficial.
Redacción de Mauricio Navas Talero LJI Reporter

