The Spanish Media está en el TIFF. A veces las barreras no son económicas, sino culturales. 

El Festival Internacional de Cine de Toronto estrenó este año su propio mercado audiovisual, una rueda de negocios donde las productoras venden sus películas a distribuidores de todo el mundo. Hubo presencia latinoamericana. Y quedó flotando otra pregunta: por qué tan pocos latinos que ya viven en Canadá se acercan a estos espacios.

¿Qué es este mercado y por qué es noticia que sea nuevo?

TIFF: The Market funcionó del 10 al 16 de septiembre en el Metro Toronto Convention Centre, dentro de la edición 51 del festival, que va del 10 al 20. Hasta este año el TIFF era sobre todo una vitrina de estrenos para el público; ahora tiene además el lugar donde se cierran los negocios.

Los números dan la escala: 650 franjas de proyección de mercado, 6.000 delegados esperados de más de 80 países, y más de 150 agencias de ventas y más de 130 compradores confirmados antes del arranque. El gobierno federal puso 23 millones de dólares en una inversión a tres años, la más grande que recibe el TIFF desde la campaña para construir el TIFF Lightbox. Cameron Bailey, director ejecutivo del festival, lo presentó así: «estamos muy orgullosos de abrir la vitrina más grande que el mundo haya visto para las historias canadienses».

¿Dónde aparece lo latino en toda esa maquinaria?

En más lugares de los que uno esperaría. Zack Snyder estrenó el 13 de septiembre The Last Photograph, rodada entre Islandia, Colombia y Los Ángeles, con música firmada por Hans Zimmer junto a Omer Benyamin y Steven Doar, y con actores colombianos en el reparto, entre ellos Marlon Moreno y Gustavo Angarita Jr. La película llegó al festival todavía sin distribuidor en Estados Unidos, es decir, a buscar comprador igual que cualquier otra.

En la programación pública estuvieron The Beloved, de Rodrigo Sorogoyen, con Javier Bardem, en la sección Special Presentations, y Hombre al agua, dirigida por Gael García Bernal, con Ricky Martin y Manuel García-Rulfo en el reparto, que ya había pasado por Venecia. Y en el mercado, según la cobertura que The Spanish Media hizo en el lugar, hubo productoras colombianas ofreciendo proyectos, entre ellas Valencia Producciones con Padilla, la película sobre el almirante José Prudencio Padilla protagonizada por Cuba Gooding Jr. y producida junto a RTVC, que busca distribución internacional antes de su estreno en 2027.

El síndrome del impostor, dicho por alguien que lo cargó

Carlos Salazar, escritor y guionista colombiano radicado en Canadá desde hace años, reportó el mercado para The Spanish Media. Cuando se le preguntó si la comunidad latina siente lejano este mundo, respondió sin adornos: «yo descubrí hace muy poco que tenía algo que una amiga me hizo ver, que se llama el síndrome del impostor». Y lo ubicó, dijo, sobre todo en la cultura latina.

Su diagnóstico fue que buena parte de las trabas no están en el trámite. «Sí hay muchas barreras que son mentales», dijo, y las separó de las reales, que reconoció que existen: el estatus migratorio, el idioma, los procesos de trabajo. Sobre el ambiente del festival, en cambio, su lectura fue la contraria a la esperada. «Aquí es increíble la acogida. Toda la gente del medio está para ayudarte, para ayudarte a que consigas esa entrevista, para que entres a la premiere».

¿Entonces sí es abierto o no?

Las dos cosas, y ahí está el matiz que más sirve. El mercado se mueve con reglas estrictas: hay que registrarse, llenar formularios, estar en listas, pasar por oficinas de prensa. Durante la cobertura, dos personas que atendían uno de los puestos declinaron responder incluso preguntas generales y remitieron todo a su oficina de prensa, con amabilidad pero sin moverse un milímetro. No es desprecio. Es protocolo, y protege a las productoras de filtraciones que ya han costado caro en esta industria.

Para el que llega de afuera esa formalidad se siente como un muro. Salazar lo leyó distinto: «es importante hacer el protocolo de presentación y todo». Aprenderse las reglas es, en la práctica, la mitad del trabajo.

¿Y si uno no tiene equipo ni contactos?

El mensaje que más se repitió entre realizadores fue el más simple. Empezar a hacer. Coger el celular y grabar, porque la barrera económica de la parte técnica se cayó con la tecnología. El caso que se suele citar es el de Sean Baker, que rodó Tangerine entera con teléfonos iPhone años antes de ganar el Óscar a mejor película con Anora.

Toronto, además, no es cualquier plaza para intentarlo. Es un centro de producción audiovisual internacional con décadas de infraestructura encima, y una ciudad construida sobre la pluralidad cultural. Eso no garantiza nada, pero sí cambia las probabilidades frente a otros destinos.

Lo que queda cuando se apagan las luces de King West

El dato duro de esta edición es que el TIFF ya no es solo una alfombra roja: es una rueda de negocios con más de 130 compradores y plata pública detrás, y a ella llegaron películas rodadas en Colombia, dirigidas por latinoamericanos y protagonizadas por latinos. El dato blando, y quizá el más útil, es que la distancia entre ese centro de convenciones y la comunidad latina que vive a veinte minutos en metro se mide menos en visas que en atreverse a registrarse.

Redacción de Mauricio Navas Talero LJI Reporter

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