Los bancos de alimentos en Canadá ya no dan abasto y cada vez más gente con empleo hace la fila

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La imagen se repite en decenas de iglesias, centros comunitarios y estacionamientos de Toronto cada semana: filas que empiezan antes de que abran las puertas, familias con carritos, personas que llegaron directo del turno de noche todavía con el uniforme de trabajo. Lo que antes era un recurso de emergencia se convirtió en parte de la rutina para cientos de miles de canadienses. Y los números lo confirman de una manera que ya no admite matices.

Según el informe HungerCount de Food Banks Canada, los bancos de alimentos en el país registraron casi dos millones doscientas mil visitas en un solo mes. Es el doble de lo que se registraba hace apenas seis años. En Ontario, la cifra superó el millón de usuarios anuales, y en Toronto el aumento fue de la mitad respecto al año anterior.

Trabajar ya no alcanza para comer

Hay un dato que golpea más que cualquier otro: casi uno de cada cinco usuarios de bancos de alimentos en Canadá tiene empleo. No son personas sin trabajo. Son cocineros, obreros de construcción, empleadas de limpieza, conductores de Uber, gente que trabaja cuarenta horas a la semana y aun así no llega a fin de mes. El alquiler se come la mayor parte del sueldo, y lo que queda no alcanza para llenar la heladera.

En la comunidad hispana de Toronto eso no es novedad, pero sí es cada vez más visible. En centros como el Hispanic Development Council o las parroquias latinas de la zona oeste, los programas de distribución de alimentos atienden a familias que hace un par de años no hubieran imaginado que iban a necesitar esa ayuda. 

Menos comida para más personas

El problema no es solo que haya más gente pidiendo ayuda. Es que los propios bancos de alimentos se están quedando cortos. Ante la demanda sin precedentes, algunas organizaciones tomaron una decisión difícil: reducir la cantidad de comida que le dan a cada persona para poder atender a más familias. Es decir, repartir menos entre más. No por elección, sino por necesidad.

Las donaciones no crecen al ritmo de la demanda. Los costos de operación, transporte, almacenamiento, refrigeración, siguen subiendo. La inflación que empuja a la gente a hacer fila es la misma que encarece los alimentos que los bancos intentan distribuir. Es un círculo que se alimenta a sí mismo, y nadie en el sector ve señales de que vaya a romperse pronto.

Un termómetro de algo más grande

Detrás de cada visita a un banco de alimentos hay una historia que no se cuenta con estadísticas. Una madre que tuvo que elegir entre pagar el recibo de la luz o comprar leche. Un padre que lleva tres meses compartiendo apartamento con otra familia porque solo no puede con el arriendo. Un joven que trabaja en dos sitios y come una vez al día entre semana para que le alcance.

Para quienes llegaron a Canadá buscando estabilidad, la fila del banco de alimentos no estaba en el plan. Pero la realidad del costo de vida en este país se impone con una contundencia que ningún folleto de inmigración anticipó. Lo que muestran estos números no es solo una crisis alimentaria. Es el reflejo de una economía en la que trabajar a tiempo completo dejó de ser garantía de vivir con dignidad.

Redacción de: Mauricio Navas Talero LJI Reporter

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