Las nuevas cifras de Statistics Canada no dejan mucho espacio para la interpretación. Entre enero y marzo de este año, el país perdió alrededor de cincuenta y cinco mil habitantes. La población al primero de abril quedó en poco más de cuarenta y un millones cuatrocientas mil personas, y el dato confirma algo que muchos analistas venían advirtiendo desde que Ottawa anunció los recortes a las metas migratorias: menos inmigración significa, literalmente, menos gente.
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¿Qué hay detrás de la caída?
Hay dos factores que se juntaron al mismo tiempo. Por un lado, el gobierno federal redujo las metas de admisión de residentes permanentes, y eso se nota: en el primer trimestre de 2026 entraron poco más de ochenta y tres mil personas por esa vía, un veinte por ciento menos que las ciento cuatro mil del mismo período en 2025. Por otro lado, el número de residentes temporales, estudiantes internacionales, trabajadores con permiso y solicitantes de asilo, bajó en más de ciento diecisiete mil.
A eso hay que sumarle un dato que pasa más desapercibido pero que pesa cada vez más: en esos tres meses murieron ciento cincuenta y cinco personas más de las que nacieron. Es lo que los demógrafos llaman “crecimiento natural negativo”, y refleja el envejecimiento de la población canadiense. Sin la inmigración compensando esa brecha, los números simplemente no dan.
¿Dónde se siente más el golpe?
Ontario y Columbia Británica registraron sus mayores caídas trimestrales de población desde que se llevan registros. Ontario perdió más de cinco mil seiscientos habitantes, y Columbia Británica poco más de dos mil trescientos. Quebec también retrocedió, aunque en menor medida. Son precisamente las tres provincias que más dependen de la llegada de estudiantes internacionales y trabajadores temporales para sostener sus economías locales.
La excepción sigue siendo Alberta, que sumó más de veinte mil personas en el mismo trimestre. ¿La razón? No es que lleguen más inmigrantes ahí, sino que miles de canadienses de otras provincias se están mudando en busca de empleo y costos de vida más bajos. Alberta lleva ya once trimestres consecutivos ganando población por migración interprovincial.
¿Y esto qué tiene que ver con los hispanos que viven aquí?
Bastante. Las políticas que reducen la inmigración no distinguen entre programas, y las comunidades hispanohablantes que dependen de la reunificación familiar, de los permisos de trabajo temporales o de los programas provinciales de nominación sienten el impacto de manera directa. Menos cupos significan tiempos de espera más largos, y en muchos casos, incertidumbre sobre si los procesos que ya están en marcha van a seguir adelante como se prometió.
También hay un efecto menos visible pero igual de real: cuando baja la población en una ciudad o en un barrio, eventualmente bajan los fondos federales que llegan para servicios públicos, transporte, escuelas y programas de asentamiento. Los recortes de hoy en las cifras de inmigración pueden traducirse, en un par de años, en recortes a los servicios que usan las familias que ya están instaladas.
Lo que las cifras de Statistics Canada muestran esta semana es el resultado directo de decisiones políticas tomadas hace meses. Canadá decidió reducir la inmigración para aliviar la presión sobre la vivienda y los servicios, pero el precio de esa decisión también se paga: menos trabajadores, menos contribuyentes, y una población que, por primera vez fuera de una pandemia, está encogiendo.
Redacción de: Mauricio Navas Talero LJI Reporter





