Llevaba años atascado y lo destrabó hablando con su diputado

Carlos Salazar pasó entre seis y siete años en un proceso de inmigración para traer a su familia a Canadá. No avanzaba. Hasta que alguien le dijo que hablara con el miembro del parlamento de su zona. Dos meses después de hacer esa llamada, su caso había girado 180 grados. Lo contó en una conversación con Marta, fundadora y CEO de The Spanish Media, que grabamos para nuestro canal.
El consejo que casi nadie recibe a tiempo
«No estoy exagerando», dijo Salazar, que se sumó hace poco al equipo y cubrió el festival de cine de Toronto. «Mi caso, unos dos meses después de eso yo lo contacté, le expliqué mi caso, insistí, le conté y ellos se interesan, y le cambió mi caso de una manera radical.»
La pieza de información que le faltaba durante años es gratuita y pública. Cada persona en Canadá tiene tres representantes electos según dónde vive: uno municipal, uno provincial y uno federal. El federal, el miembro del parlamento, es quien puede hacer consultas sobre un expediente de inmigración, porque esa materia es competencia de Ottawa.
Y esto no es un rumor de comunidad. El manual operativo de IRCC lo dice por escrito: los miembros del parlamento que consultan en nombre de un solicitante pueden recibir detalles específicos del caso, con una condición, que entreguen los identificadores del cliente.
En la práctica eso significa que cuando usted vaya a la oficina de su diputado tiene que llevar dos cosas: su identificador único de cliente, el UCI, y el número de su solicitud. Sin esos datos la oficina no puede preguntar nada por usted.
«Es tu representante», resumió Marta. «Es su obligación representarte a ti.»
Ella insistió en que ese desconocimiento no es culpa de nadie. «La palabra ignorante no es despectiva. Comienza con el hecho de ignorar algo. No lo sabes.»
Cada nivel resuelve cosas distintas
Vale aclarar qué hace cada quien, porque mucha gente toca la puerta equivocada y pierde meses.
El nivel municipal, que es el que se elige el 26 de octubre en Ontario, maneja el agua, el transporte, la basura y los permisos del barrio. El provincial tiene mucho que ver con la educación y la salud. El federal es el de inmigración.
«¿Para qué sirven los alcaldes? ¿Qué es lo que están haciendo? ¿En qué influyen?», planteó Marta. Son preguntas que, según ella, mucha gente de nuestra comunidad nunca se hace, en parte porque llega de países donde a un funcionario se le habla de usted y de lejos.
«Y aquí los tenemos cerca», dijo. «Este país te acerca. Tú necesitas a alguien, lo conectas. Lo que pasa es que sí hay que saber llegar.»
La advertencia más dura de la charla
Hubo un momento en que el tono cambió.
«Aquí no regalan visas», dijo Marta. «Canadá no está pidiendo gente para que venga, para que le va a pagar la salud, que le va a pagar el estudio y que además le dé $3.000. Eso no existe. Por favor, no se dejen tumbar.»
El consejo práctico que dio es verificable y conviene anotarlo. Para asesorarse hay que ir a la página del gobierno y buscar ahí a los consultores o abogados autorizados. «Si no está ahí, no te asesores con esa persona, ten mucho cuidado.»
Los choques que nadie le cuenta
La conversación también pasó por las cosas pequeñas que desarman a cualquiera en los primeros meses.
La hoja de vida, por ejemplo. «Yo solía enviar biblias», reconoció Salazar. «Aquí se da uno cuenta que menos es más. Llegas con una hoja de vida de seis páginas y no te la miran.»
O la traducción literal. Contaron el caso de un amigo en su primer trabajo al que una persona sin vivienda le pidió comida. Quiso decir «este no es mi negocio» y le salió «sorry, but this is not my business», que en inglés significa algo mucho más cercano a «no me importa».
Y las costumbres de la casa: los zapatos se quitan en la entrada, no se timbra sin avisar, y hay una distancia física entre las personas que no se cruza. «Démonos un espacio aquí y tratémonos con cuidado», lo resumió Marta.
Lo que sí es gratis
Las visas no se regalan. El inglés, en buena medida, sí.
En las bibliotecas públicas, que en español confundimos con las librerías aunque son cosas distintas, hay clases y encuentros donde uno se inscribe para practicar conversación, a veces con un hablante nativo que a cambio quiere practicar español.
«Es muy rico cuando te vas soltando», dijo Marta, «porque te dicen: pero te entiendo perfectamente.»
Esa fue, al final, la idea que atravesó toda la charla. Hace quince años quien tenía la información se la guardaba. Hoy el valor está en pasarla, para que al que viene detrás no le toque el mismo aterrizaje. O como lo puso ella: la información tiene más poder que el dinero.
Redacción de Mauricio Navas Talero LJI Reporter




